Vuelva usted en dos semanas, o tres

Burocracia Viñeta Forges

Varios carteles publicitarios me contemplan desde el escaparate. Padres sonrientes con niños sonrientes. El cristal impoluto. A sus pies, la acera gris, moteada de chicles pisados, envoltorios abandonados por sus dueños y algún que otro adoquín roto. Me adentro en el umbral del establecimiento. Entre nuevos pósters de atractivo diseño me topo con una extraña máquina. “Deposite sus objetos metálicos en los cajones”, reza un papel mal pegado con celofán frente a mis narices. “Y un cuerno”, pienso mientras bloqueo la pantalla de mi móvil. O quizá mi mente evocó una palabra malsonante.

Me dispongo dentro del cacharro. Tras varios segundos, lucecita verde y apertura de puerta frontal. Nada ha pitado. Uff. Me planto en el espacio que se ha abierto a mi alrededor y contemplo la escena. La sucursal bancaria es un hervidero de personas. ¿Hervir? No. Más bien me recuerdan a un puñado de caracoles en un cesto esperando para remojarse en la paella. O un ganado abigarrado tras un cerco. Curioso que todas las imágenes procedan del mundo animal. Me sitúo tras el último de la fila. Y a esperar.

Un mero trámite burocrático me ha llevado hasta allí en una fría mañana de lunes en Madrid. Renovación del carnet joven. Como si el Estado temiese que desde hace tres años yo hubiese vivido seis primaveras, oigan. Todo muy lógico y productivo, ya saben. Tengo frío. Casi tanto como en la vía pública. Octubre, 14 grados en la capital según Internet y allí el aire acondicionado jadeando. “¡Mala crítica!”, pensarán. “Un banco es una empresa privada, y dispone sus oficinas de la forma que crea conveniente”. Muy cierto. Si no fuese porque me hallo en la sucursal de un banco intervenido por el Estado. Me abrocho de nuevo la chaqueta mientras de reojo veo cómo desde lo alto de la pared escupen mis impuestos en forma de chorro frío.

De 7 a 10 personas delante de mí. Atisbo entre sus hombros hacia el final de la sala. Tres puestos de trabajo. En uno de ellos un hombre de mediana edad, chaqueta negra y pelo engominado atiende al primero de la fila. En el segundo escritorio una mujer apoya su barbilla con desgana sobre su mano izquierda. Con la derecha sujeta el ratón del ordenador. No atiende a nadie. Hace click cada cierto tiempo. Podría estar revisando las cuentas, realizando una transferencia o jugando al buscaminas. El tercer ordenador está apagado, y la silla frente a él vacía.

Una domiciliación, un ingreso, dos quejas (“aún no me han cargado lo mío” y “desde Internet no me permite acceder”), un cambio de cuenta y algunos chanchullos más. Espero hasta que llega mi turno. Sin mirarme, el hombre de negro me pregunta qué quiero. Se lo digo. Levanta al fin la vista. “Excelente. ¿Tiene usted cuenta en nuestra entidad?” Negativo. Sólo quiero renovar mi carnet. Me ‘aconseja’ que me abra una. Que da descuentos, que no tiene comisión por giliflautismo, y que además regalan un exprimidor para que te abras los sesos gratis.

“No, gracias. Sólo la renovación” “Pero si es cliente nuestro lo podríamos tramitar…” “No, gracias. Renovación” “Además, le ofrecemos un interés al…” “No. Renueve” “Y con nuestro programa de puntos exclusivo…” “Re-no-var”. Me suelta algo que, traducido al idioma de la calle, vendría a ser un “pues tú te lo pierdes, majo”. Con una perenne sonrisa de falso servicial en los labios. Se va y regresa al momento con tres papeles. “Me los rellenas”. Pues se los relleno.

Nombre, apellidos, DNI, NIF, sexo, ciudad de residencia, calle, número de calle, piso, escalera, puerta, firmas varias, estado social, estudio o trabajo, lugar de nacimiento, talla de ropa interior, color de ojos, activo o pasivo, de ron o de whisky, rubias o morenas y si quiero más a mi mamá o a mi papá. Todo escrito por triplicado con un bolígrafo atado a la mesa, ofensa magna donde las haya. Ladrón me llaman, y sus jefes con bonus millonarios y declarando en el Congreso.

Entrego los folios, la mano manchada de tinta. Separa las copias de colores. Este para usted, este para mí, este para la Comunidad, este para el vecino. “Ahora sólo debe abonarme la cantidad de X euros en concepto de tasas por renovación”. Su madre. El Estado me cobra por cumplir años. Gran negocio. ¿Dónde está el liberalismo de doña Esperanza Aguirre cuando se lo necesita? Pago. “Lo tendremos listo en, como mínimo, dos semanas” Chachi piruli. Necesito el carnet para el próximo sábado.

Salgo a la calle, más acogedora en estos instantes que hace una hora. Y no hablo de temperaturas. Malhumorado por tanta pérdida de tiempo y esfuerzo, vuelvo a casa. Ya he perdido la mañana. Al entrar miro el conjunto de hojas grapadas que descansan sobre mi mesita. Vuelva usted mañana, de don Mariano José de Larra. Debo realizar un trabajo sobre dicho artículo para esta semana. Porca miseria, ironía del destino. Sujeto las páginas entre mis dedos. Me dispongo a leer. No. Espera. Mejor luego. Acabo de recordar que va siendo hora de actualizar el blog

Nota: la viñeta que ilustra este artículo pertenece a Forges, y fue publicada en El País.

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Acerca de Francisco Reina

Periodista y bloguero. Política, economía, tecnología, actualidad, música y literatura.
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