Fábula del granjero confiado, o sobre lo valioso que el mundo guarda

Viñedos

Érase una vez un granjero que a base de años de esfuerzo y dedicación había logrado que sus tierras fuesen fértiles y diesen jugosos frutos. El hombre había formado asimismo una amplia familia en la que todos aportaban algo: los miembros más vigorosos cargaban la fruta, mientras que los de manos más ágiles la cortaban de los árboles. Todos en la granja trabajaban y el resultado se repartía entre todos por igual, ya que a ninguno nunca faltó un plato de comida en la mesa, ni siquiera en los años de sequía.

Dióse el caso de que el granjero tuvo que partir a la ciudad durante una temporada, y preocupado por el devenir de sus posesiones durante su ausencia, encargó el cuidado de las mismas a un hombre tenido por todos como gran gestor y multiplicador de la riqueza. Y el granjero inició su viaje, no sin antes advertir al nuevo director plenipotenciario de la granja para que velase por todo cuanto en ella había de valor.

Tras numerosos crepúsculos, el granjero retornó a su tierra, mas no halló en ella sus perales, ni sus manzanos, siquiera la vid de la que tan orgulloso se sentía. Su lugar lo ocupaban ahora grandes agujeros cuya función no acertó a adivinar. Presa de la confusión se dirigió hacia su casa, y tras entrar en ella descubrió a cientos de sus convecinos apiñados en el suelo, durmiendo unos junto a otros, ateridos de frío.

Cada vez más anonadado buscó al gestor, y lo halló junto a una gran pila de monedas de oro. Éste al verle mostró una gran sonrisa y fue a recibirlo entre abrazos y gesticulaciones. Respondió a las preguntas que asaltaban a nuestro protagonista con estas palabras:

“Durante los primeros días de mi estancia aquí comprobé con horror cómo tiraba usted el dinero por el desagüe al mantener tres tipos diferentes de plantaciones. Satisfacía así los diversos gustos de sus retoños, sí, pero dividía entre tres su fuerza productiva. Calculé que más sencillo y provechoso para su bolsillo era plantar solo una variedad de fruta, y que todos los miembros de su familia se acostumbrasen a comer de ella”.

“Tan bien salió la jugada que amontoné sustanciales ganancias. Mas no cesó ahí mi voluntad de serviros y de aumentar vuestra riqueza, por lo que compré las granjas alrededor de la vuestra, y también las de mas allá, y repetí el proceso. Viendo cesar el auge expansionista del negocio, advertí que más provechoso que plantar fruta es la construcción, amigo mío, y mandé a un pariente mío -que casualmente trabaja en ello- que arrancase todos los árboles, derribase las granjas y comenzase el levantamiento de grandes edificios que vender a los adinerados burgueses de la ciudad para que pasen sus vacaciones en estos parajes. De ahí las grandes excavaciones que ahora pueblan vuestros dominios”.

“Por último, consideré propio de hombres poco piadosos de Dios el dejar que vuestros vecinos malviviesen en las calles como daño colateral del crecimiento de vuestro patrimonio, por lo que les ofrecí precio por pernoctar en la única granja que queda en pie, la vuestra. Así todos comentarían cada mañana vuestra grandeza y bondad, y os alabarían. ¡No me negaréis que haya velado por vuestro interés y que haya multiplicado el valor de vuestro bolsillo”.

El granjero, tras atender a su interlocutor, estalló en la más terrible de las iras: “¿Mi interés, decís? ¡Cierto que me habéis otorgado una buena pila de oro, pero habéis menguado el valor de mi hacienda en mucho! Decidme, amigo, ¿cómo calculasteis en vuestras ecuaciones el valor del saludo alegre de mis vecinos, cómo el olor a azahar y a tierra mojada, cómo la felicidad de mi prole? ¡Nada de todo ello puedo adquirir con esta montaña de metal brillante!”.

Quien hablaba alzó los brazos para abarcar cuanto a la vista se mostraba. “Te di fuertes árboles que crecían hacia el cielo llenos de vida y me devuelves oscuros agujeros vacíos que horadan la tierra. Te dejé al cuidado de mis fornidos hijos y mis bellas hijas, y en retorno obtengo muchachos débiles por la desnutrición y chicas con la tez cubierta de polvo y cemento a causa de las excavadoras. Te ordené velar por cuanto de valor tenía, y entendiste que lo valioso era solo aquello que podías contar y almacenar. Triste de ti, que pese a poseerlo todo, no tienes nada”.

El gestor partió sin mirar atrás y no volvió, cobrando sus servicios antes de partir. El granjero volvió a plantar árboles frutales, pero sus ojos no vieron jamás el verdor de antaño: la tierra había sido contaminada con sustancias tóxicas propias de la construcción. Quedó, pues, triste y desdichado, y maldijo hasta su último día el momento en que decidió confiar en el gestor equivocado. Durante generaciones se pasó hambre y frío en la comarca por la nefasta decisión del granjero, y muchos de sus hijos y sus nietos murieron por enfermedades y malnutrición…

… y aquí muere también la fábula del granjero confiado. Espero haya sido de vuestro agrado. Oh, y por supuesto, este cuento no guarda relación con don Mariano Rajoy Brey, ni con sus recortes, ni mucho menos con sus privatizaciones en la sanidad. Esos son otros temas, y serán tratados en otros artículos… ¿o no?

Anuncios

Acerca de Francisco Reina

Periodista y bloguero. Política, economía, tecnología, actualidad, música y literatura.
Esta entrada fue publicada en Actualidad, Economía, España, Política y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Fábula del granjero confiado, o sobre lo valioso que el mundo guarda

  1. Paco dijo:

    Muy buen cuento…. Pero la moraleja no acabo de entender si esta en el que compraba las granjas a los vecinos para hacer mas dinero, o en sus vecinos los granjeros que las vendían para hacer mas dinero.
    En cuanto al tal don Mariano Rajoy Brey, ¿Se debe entender que fue el granjero que volvió a plantar arboles frutales, pero sus ojos no vieron jamás el verdor de antaño: la tierra había sido contaminada con sustancias tóxicas por el mandatario anterior?.

    • Si hubiese querido exponer la moraleja de forma directa lo habría hecho, en lugar de inventar este cuento. En una fábula cada cual saca sus conclusiones y moralejas, para eso están.
      Rajoy bien podría ser quien pronunciase aquella frase popular -qué bien traído- de “¡qué mala suerte!¡Ahora que había enseñado a mi burro a no comer, va y se muere!”. El que quiera entender…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s